sábado, 5 diciembre, 2020
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Cómo evaluar un Gobierno

Juan José López Magaña*

A lo largo de la historia, El Creador del universo, nos ha enviado muchas “vidas que alumbran” –como diría Isidoro Pedrero Totosaus (qepd)-, y en ellos ha descansado la responsabilidad de darle luz a la humanidad sobre diversos temas que nos permiten avanzar hacia la conservación de la raza humana o de la estabilidad social.

La reciente semana nos amanecimos con el sensible fallecimiento de quien considero una de las mentes más brillantes y lúcidas de los últimos tiempos, de quien aprendí que lo anti-sistema debe basarse en la razón, que no siempre la mayoría posee la verdad, que las constituciones son el resultado de vencedores y vencidos, pero sobre todo, aprendí que la imagen seduce la inteligencia, me refiero a Giovanni Sartori, a quien conocí a través de la lectura de sus textos; él nos dijo hasta el cansancio que los sistemas políticos deben de tener como fin la consecución de la felicidad humana, que las tele-democracias a veces esconden brillantemente las dictaduras y las tiranías constitucionales; nos enseñó a preguntarnos cuál es la finalidad de un gobierno democrático; a no vivir como sociedad en la conformidad; nos advirtió sobre la opinión teledirigida donde los medios de comunicación escogen un candidato y en torno a él se construyen los mensajes y se emiten las opiniones alejando a las masas de los temas torales; nos dijo que la política no es un tema exclusivo de los políticos, porque una mala política nos limita y nos encierra, y si es política económica nos empobrece.
Giovanni Sartori siempre impulsó el análisis sobre las percepciones, enseñó a distinguir entre las funciones primordiales de los gobiernos y la política de la imagen, esto quiere decir que, para evaluar los gobiernos no bastan los estados de éxtasis colectivos que provocan las imágenes y los programas empleados para bienestar momentáneo; Sartori advierte que la función del Gobierno no es gestionar espectáculos masivos que distraen de la realidad social a los ciudadanos, éstas distracciones encuentran su finalidad en evitar la opinión informada.
Sartori nos ayuda a entender que la división de los conceptos nos generan conformismos y distorsión social, que la tele-democracia ha creado los milenials, los hípsters y demás definiciones para las nuevas generaciones, incluso les marca los temas que deben preocuparles, la forma en que deben de abordarse, pero sobre todo, les indica que su actuar debe de ser distante de las funciones del gobierno, que son ellos y su mundo.
Estas divisiones nos excluyen de pensar en el estado de bienestar colectivo, lo que en las democracias no es otra cosa que contar con autoridades eficientes, en la transformación de los impuestos en conservación, adecuación y construcción de la infraestructura pública como agua, luz eléctrica, caminos y hospitales; en elevar el nivel educativo, en contar con un sistema de justicia eficiente, en la creación de empleos, en elevar el poder adquisitivo de los ciudadanos con trabajos bien remunerados, en pocas palabras: evaluar a los gobiernos democráticos por el beneficio social, de ahí que señale Sartori que la información no siempre es igual a conocimiento, ya que un gobierno puede utilizar los medios masivos para difundir la información de que está trabajando y repetirlo hasta el cansancio, pero una sociedad con conocimiento sabrá si es cierto o no.
El conocimiento se adquiere digiriendo la información, por ello, cuando quieras evaluar a tu gobierno, mira a tu entorno, mira la escuela de tus hijos y la condición en la que está, mira si están trabajando los jóvenes que se gradúan de las universidades, busca en tu bolsillo, mira tu mesa y qué hay en ella, mira lo que has hecho para lograrlo y concluye si ¿Se debe a que tu gobierno te facilitó los medios o a tu esfuerzo aún con las dificultades que implican las políticas erróneas?
El gobierno y la vida en sociedad encuentran su finalidad en la conservación de la convivencia social, en la seguridad de sus ciudadanos de que los empleados públicos trabajan para ellos y para cuidarlos, no para extorsionarlos, para facilitarles el desarrollo no para obstaculizarlo, donde el servicio y la humildad sean una misma, no la prepotencia y en el egoísmo, el imperio romano se perdió en la felicidad momentánea que le brindaban los espectáculos proporcionados por el gobierno, lo que les distraía de alertar la decadencia de sus elites gobernantes, a quienes solo les interesaba la posición de poder y los recursos que le generaba imponer impuestos y ejercer la fuerza para cobrarlos. Vivamos el presente sin olvidar el pasado. Hasta el próximo comentario.

*Originario de Jalpa de Méndez. Licenciado en Derecho por la UJAT, con amplia experiencia en temas de Derecho Electoral, Constitucional y Parlamentario.