jueves, 21 marzo, 2019
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Crédito a la palabra ¿y quiénes la cumplirán?

Por Elías Balcázar Antonio

Desde que éramos chamacos, al menos los de mi generación y que hoy somos sesentones y más, aprendimos como dogma que el pueblo por ser pueblo es bueno por definición y los ricos por ser ricos son malos e inmorales. Estas eran las imágenes que nos mostraban aquellas películas del viejo cine mexicano, aquel cine de las vecindades de la ciudad de México donde todos sus miembros, sufridos pero intachables moralmente, eran más buenos y solidarios que la misma Madre Teresa de Calcuta.

“Nosotros los pobres, ustedes los ricos” y “Pepe el Toro” son ejemplos clásicos de esa imagen populista y paradisiaca. Quien rompió con esa imagen encantadora de la pobreza de los mexicanos que impulsaban además los gobiernos priistas “emanados de la Revolución” fue Luis Buñuel con su película “Los Olvidados” (1950) y vino a meter ruido y discordia hasta entre los mismos círculos intelectuales de México. Los miembros destacados de la elite intelectual no vieron con buenos ojos esa película; los únicos que la aplaudieron y reconocieron la crudeza y promiscuidad que se vive en los medios más pobres de nuestro país fueron Octavio Paz y David Alfaro Siqueiros.

Estas reflexiones me llevan a recordar aquellos días cuando recién llegué a vivir a la ciudad de México, tenía entonces 18 años de edad. Para huir de mi encierro en esa gran ciudad me refugié en la lectura de los novelistas rusos. Esas lecturas al principio no eran por el gusto de disfrutar la buena literatura pues no estaba habituado a ella, más que nada era una manera de huir de mi soledad, de olvidarme de mi amado terruño Tabasco, de mi pueblito de Paraíso y hacer llevadero mi exilio en esa gran ciudad.

La editorial de esas novelas no crean que era Aguilar ni nada por el estilo, eran de editorial Bruguera, ediciones baratas, que por cierto mi hermana que vivía cerca me las prestaba. Yo no tenía dinero para estar comprando libros. Y después de varios meses de leer a esos escritores, sin ningún orden ni método, me llegó a mis manos la novela Los Endemoniados de Dostoievski, un ladrillo como de 800 páginas. Mi lectura iba por la página 300 quizá, llevaba como 40 números rusos en la cabeza, no sabía quién era quien de los personajes y la trama no tenía pies, ni cola; pero haciendo un acto de disciplina espartana estaba decidido a leer toda la novela. Pero al llegar a un pequeño párrafo que entre otras palabras decía: “Y si Dios existe, no tengo duda que ese dios es el pueblo”, me sonreí, cerré el libro y me dije: esto es una jalada, es pura demagogia populista. Jamás terminé de leer esa novela.

Y todas estas ideas vienen a colación por la promesa que hizo AMLO el pasado 22 de febrero en Macuspana: crédito a la palabra, diez vaquillas para cada beneficiado y un torete. Así otorgó don Enrique González Pedrero a muchos tabasqueños un crédito a la palabra y el campo siguió igual o peor. Pocos cumplieron con su palabra, muchos hacían fiesta hasta por quince días con esos apoyos y decían cínicamente: -no importa, ya nos van a dar más. Se avecinaban los días en que surgiría “la industria de la reclamación” en Tabasco.

El gobierno de González Pedrero fue pródigo en brindarle apoyos a los tabasqueños. Recién que regresé a Tabasco a fines de 1983 me tocó coordinar el movimiento de alfabetización en el municipio de Centro, se erogaban 3 millones cien mil pesos en maestros alfabetizadores. Al poco tiempo de realizar trabajos de supervisión me percaté que un millón se pagaba para grupos fantasmas: no existían ni los alumnos, ni los alfabetizadores. Nicolás Prieto Reina, aquel grillón que era coordinar estatal del INEA entonces, me quiso balconear en el sentido de que no estábamos haciendo bien nuestro trabajo. Ante ese marranero intocable terminé por renunciar.

Con don Enrique se llevaron ambiciosos programas para establecer granjas de pollo, granjas porcinas, instalaciones para queseras; se estableció un amplio taller de costura en Nacajuca para maquilar ropa y uniformes para enfermeras, policías, burócratas y para las escuelas. Todo eso terminó en nada y en el abandono.

Recuerdo que una quesera que se construyó en la ranchería de El Golpe con todo un equipo sofisticado quedó abandonada; hubo un empresario de Comalcalco, Caraveo de apellido, que llegó con el delegado de la comunidad a comprarles el equipo; la gente de la comunidad de manera histérica se opuso y no le vendió nada, argumentando que ese equipo era del pueblo porque se los había dado el gobierno. Parte del equipo lo usaban como dornajo o paila para darle lavazas a los puercos de traspatio. No me lo contaron, yo lo viví.

En una ocasión mi estimado amigo José Manuel Barajau (q.p.d) y que luego fuera presidente municipal de Paraíso me invitó para que un sábado lo acompañara a la Ranchería La Unión, en Paraíso. En esos días Chemón, compadre de Héctor Arguello (q.p.d.), era delegado del Programa de Desarrollo Costero (PRODECOT) en Paraíso y ese día iba a darle posesión a los nuevos directivos de la cooperativa de pescadores en la ranchería Unión. Nuestra sorpresa fue que los miembros de la directiva saliente habían enterrado y escondido todo el tren de pesca, redes, motores y carretes de cuerdas. A mí me tocó ayudar a desenterrar esos trenes de pesca. Y todavía Dostoievski tuvo la ocurrencia de escribir que el pueblo es Dios. Si hubiera venido a Tabasco no hubiera escrito esas jaladas.

Allá en Cunduacán la abuelita de mis hijos tiene un rancho y había un ejido Monterrey, cerca de ahí se instaló una granja de pollos. Cuando los pollos estaban de buen tamaño los directivos de la granja, cada vez que agarraban la bolera, que era diario, sacrificaban dos tres pollos para amenizar la bebedera. Cuando venían a ver ya no quedaba ni un pollo para vender.

Cuando estuve en el DIF estatal en 1992-93, don Manuel Gurría era el gobernador, el gobierno les daba cerdos sementales de registro a las comunidades y las puerquitas necesarias para la crianza. Era común que personas de la comunidad nos informaban que ya el semental se había salido a la carretera y lo “había matado un carro”. Por supuesto el cerdo terminaba en longaniza, carnitas y tamales. Yo lo viví, no me lo contaron.

Igual nos pasó con un programa de viviendas para las rancherías que se trató de llevar a cabo en el estado. Era un diseño de vivienda tipo propio para el clima del trópico: el gobierno ofrecía el material y un técnico especializado para dirigir la construcción de las viviendas y los miembros de la comunidad cooperarían con su mano de obra. Cuando llegamos a promover y ofrecer ese programa de viviendas, hubo personas que nos dijo: -yo no estoy pidiendo casa, si el gobierno nos la quiere dar, que nos la construya.

En el artículo anterior publicado por GRILLA, dijimos que los calvinistas que fundaron al país del Norte desde un principio tuvieron una idea de Nación con la creencia de ellos son el pueblo elegido de Dios y son los predestinados a ser redimidos y redentores. Esa idea les dio unidad a los estadounidenses desde un principio y los llevó a convertirse en una Nación muy poderosa. Por el contrario, dijimos en ese artículo, que a los mexicanos nos ha caracterizado el divisionismo, la fractura y la violencia entre nosotros mismos.

Otra idea calvinista de aquel pueblo fue que ellos, con su religión, trajeron una ética del trabajo. Max Weber, en su libro “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, nos dice que la única manera de espiar ellos sus pecados y lograr el perdón y la gracia de Dios era con el trabajo. El calvinista le exige al creyente una santidad devocional en el obrar de todos los días y por siempre, ellos se piensan como instrumentos de Dios y ejecutores de sus providenciales designios en una devoción de santidad y todo ello con un amor al trabajo. Por el contrario, el católico que fundó México no tiene esa ética y fe religiosa en el trabajo, siempre el español, el criollo, el mestizo y el indígena contaron con el sacerdote como el mago que hace el milagro de lavar las culpas del pecador: pecas, te arrepientes, te confiesas, pagas el diezmo y puedes seguir pecando, y así de manera cínica hasta el final de los días. Éste ha sido el negocio de la iglesia católica por siglos.

Y aparte de no contar con una ética del trabajo, el español, aspirante a hidalgo, pensó que el trabajo físico y manual es degradante, es rebajarse y no va con su estirpe de noble. Para eso está el indio, para que trabaje por él. Y mientras no se cambie esa mentalidad, por medio de una reforma educativa a fondo y de verdad, cualquier apoyo o crédito a la palabra van a terminar en la basura y en manos quienes no todos tienen palabra. Erradicar esa ancestral cultura paternalista que volvió pedinches a muchos tabasqueños, y volvernos más responsables es una tarea que necesariamente tiene que llevar a cabo el gobierno de AMLO y de Adán.

De lo contrario seguirán alimentando la cultura del pedigüeño y de quien chantajea al político con su voto cada sexenio o trienio.