viernes, 30 octubre, 2020
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De Política y Literatura

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“La lectura complementa a uno la visión para lo que sea, para la vida misma, para el trabajo, no basta lo que enseñe de manera directa el trabajo, hay que documentarse y hay que aprender otras muchas cosas”.

Arturo Núñez Jiménez.

POR TERE ORAMAS

La política no está alejada de la literatura, en esta ocasión me refiero al contexto educativo en la función pública en donde no salen bien evaluados nuestros políticos. En el discurso se promueve la lectura, hablan de sus bondades y se atreven a citar a escritores cambiándoles de nombre o pronunciando mal sus apellidos, peor aún, adjudicarles títulos de obras que no son de su autoría (¿recuerdan al José Luis Borgues de Fox ó La Silla del Águila de Krauze de Peña?).

Pero estos exabruptos no deberían satanizarse ni mucho menos definir la personalidad de un político –aunque con los ejemplos anteriores haya excepciones- porque se puede ser inculto pero con vocación de servicio y trabajar con personas altamente preparadas.

En una sociedad como la nuestra que arrastra un déficit de lectura histórico no podemos exigir a los gobernantes que lean para complementar su formación si ello no garantiza la eficacia de sus funciones, claro, si lo hicieran mucho les ayudaría en el ejercicio del poder, en la atención y solución de problemas porque un político culto tarde o temprano refleja su sabiduría. Desgraciadamente son pocos los políticos que presumen sus bibliotecas y menos aun los que han trascendido con la publicación de un libro.

Hace tres años, durante la presentación de su libro “Pensar nuestro tiempo II” en la UJAT, el economista Fernando Calzada Falcón refería un consejo que ofrece a sus alumnos para triunfar en la vida: saber leer y escribir, conocer de matemáticas y computación, y hablar inglés. Más tarde, al leer “Dispara, yo ya estoy muerto” de Julia Navarro, me encontré que “la solución de todos los problemas estaba en las matemáticas”. Sigo en el fracaso.

Y lo anterior me lleva a las aulas, a la educación académica carente de programas rigurosos de lectura, a una legislación endeble sobre el tema y a un desinterés general por promover este ejercicio. En Tabasco existe la Ley de Fomento a la Lectura y la Ley del Libro y Bibliotecas Públicas, cuyo órgano rector es el Consejo Estatal de Fomento a la Lectura y el Libro de la Secretaría de Educación que a su vez –según la norma- debe mantener estrecha coordinación con los municipios, relación que al parecer no existe ni existirá mientras las prioridades de los ayuntamientos sean otras.

Estas reglas que nadie aplica son además flexibles y por ello la apatía, pero no culpemos solo a la institución: mientras los padres de familia en casa no generen las condiciones para que sus hijos no se limiten solo a leer lo académico no habrá motivo para iniciarlos en el maravilloso mundo de las letras. Y este es el origen del problema, esta es la razón principal del por qué nuestros políticos no leen: nadie les enseñó cómo hacerlo bien.

Por cierto, ya casi estamos en periodo vacacional decembrino y puede ser un buen momento para iniciar una lectura. Yo estoy concluyendo la saga de El Cementerio de los Libros Olvidados: El Laberinto de los Espíritus, del catalán Carlos Ruiz-Zafón. Novela negra con sutiles pasajes políticos, cada quién sus gustos.