miércoles, 2 diciembre, 2020
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El agua: esclava de Peñitas, tirana de los indígenas

EL SITIO, NACAJUCA.- Don Rigoberto Váz­quez tiene claro por­qué en 25 años no ha logrado progresar en este pueblo: cada cierto tiempo la Comisión Fe­deral de Electricidad (CFE) pri­mero «embodega el agua y luego la suelta», es entonces cuando ésta llega enfurecida: Primero se con­tornea entre los acahuales, luego atraviesa caminos, después corroe lo que encuentra a su paso y final­mente se infiltra llevándose camas, lavadoras, gallinas, vacas, maizales, el arrojo y energía y todas las espe­ranzas de prosperar dignamente.

—Es como un bache, explica. «Uno logra tener sus cosas y sus animales y al siguiente año vuelve uno a caer en ese mismo bache que no te permite avanzar».

Ese bache se llama Ángel Al­bino Corzo, «Peñitas», fue inau­gurada en 1986 y desde entonces «juega» con el agua. La «agarra», la convierte en energía y cuando ya no sabe qué hacer con ella la suel­ta. Allá arriba no saben de los sue­ños de progreso de los indígenas chontales de esta comunidad, ni les interesan, para ellos sólo son un daño colateral.

Igual que don Rigoberto, en El Sitio hay 300 familias en las mis­mas circunstancias, condenadas a la pobreza, a enfrentar cada año el mismo «bache», la misma corrien­te enloquecida que una vez que ha sido liberada no obedece a nadie más que a su propio peso que la do­mina y que embravecida corre y se desborda para pasear por cami­nos, campos, casas y todo lo que se le antoje.

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Doña Romana reza con fer­vor a la virgen de Guadalupe. Lo hace por momentos en castella­no y otros en lengua chontal. Le ruega a «la Lupita» que se lleve el agua de su casa. Mientras recorre la vivienda, va mostrando lo que antes era su sala —ahora vacía— sólo un enorme altar se impone en el lugar. La fe es tan grande que es lo único que la inundación no les ha podido robar.

Cuando la mujer —morena, menudita, de unos 55 años— en­tra a su habitación, arrastrando los pies con el agua a las rodillas, ya no puede contenerse y se le llueven también los ojos, saca entonces la muina y reclama que nadie los ayude, que siempre sea igual, que el gobierno no les mande ni siquie­ra ayuda.

Mientras la escucho, pienso que no hay hombre o mujer que no quiera ver su casa arreglada, lim­pia, por humilde que sea. ¿Cómo no llorar si vez flotando tus cosas? Incluso, toparse entre el caos con un enorme sillón de madera atado a la pared como si fuera una obra de arte puesta a salvo del agua. El mundo al revés.

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Dice Borges que «líquido» es, por definición, lo que pre­fiere obedecer al peso para mantener su forma, o lo que rechaza toda forma para obe­decer a su peso. En ese vicio de obedecer a su propia gravedad es que el agua se convierte en una cautiva amorfa, moldeable, contorneable y manipulable.

Peñitas aprovecha muy bien esa debilidad. Esclaviza el agua to­do el tiempo que quiere o que pue­de. La manipula a su antojo para jugar un poco a ser Dios, abusando de la naturaleza y transformándo­la en focos de luz, motores eléctri­cos, plantas, fábricas y todo lo que quieran.

El problema es cuando a esa agua esclavizada se vuelve libre, es entonces cuando su propio peso la arrastra precipitada, la vuelva fe­roz y su figura amorfa le permite filtrarse o taladrar lo que encuen­tre a su paso. Llevarse lo que se quiera llevar, así sea un débil árbol o el sueño de prosperidad de miles a los que por desgracia «les tocó vi­vir aquí».

Es entonces cuando esa agua esclava de la presa Peñitas se vuel­ve en tirana y sus amorfos desig­nios mantienen en un «bache» a indígenas de 35 comunidades de Nacajuca a los que cada año les ro­ba la esperanza de una vida digna, quizá no con riquezas, pero sí con humilde prosperidad.