domingo, 20 septiembre, 2020
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El efecto peje…

Por Carlos Flota

Aunque nuestras manías por vaticinar los resultados electorales y por explicar nuestra conducta como electores no son nuevas, estas siempre vuelven a avivarse en la medida en que se acercan las contiendas para renovar nuestros distintos cargos de elección popular. En los debates de café o en los análisis académicos y empíricos, las interrogantes son más o menos las mismas, ¿Por qué votamos? ¿El sentido de nuestro sufragio es una reacción a las campañas electorales o es simplemente la manifestación de una idea o una preferencia anteriormente establecida? o ¿Existe algún clivaje social que, en alguna coyuntura políticamente específica, pueda empujarnos a inclinarnos hacia un candidato identificado dentro del espectro ideológico de izquierda o de derecha?
El voto o nuestro comportamiento electoral, como cualquier otro fenómeno social, es siempre complicado de explicar. De hecho, existe una extensa literatura que trata de responder a las distintas incógnitas sobre cómo nos comportamos en épocas de elecciones. Sin embargo, existen tres escuelas o modelos dominantes en este sentido: la escuela de Columbia, que sugiere que la influencia en la decisión del voto proviene de la socialización con la familia, los amigos y de los compañero de trabajo. El modelo de Michigan, que tiene como determinante principal del voto, la identificación partidista, donde el acto del sufragio puede ser visto como un proceso que se extiende a lo largo de la vida política de los ciudadanos y, el modelo de Elección Racional, el cual concibe al elector como un ente esencialmente económico. Es decir, el voto refleja el cálculo que el votante hace acerca de los beneficios y de los costos de votar, el elector elige la opción que le beneficie más o que le cueste menos.
Sin embargo, en países con democracias consolidadas, en donde la probabilidad de triunfo es igual para todos los contendientes, la competencia política toma muchos otros matices, lo que abrió el espacio a otra rama de investigación que se ha denominado el voto temático (issue voting). La lógica en este tipo de modelos, es que los electores, salen a votar por los partidos o candidatos que les son más cercanos en términos de políticas públicas o temas de su interés.
En nuestro sistema electoral, en donde las elecciones fueron por décadas un simple referéndum entre si el partido oficial debería mantenerse o no en el poder, el estudio del comportamiento del votante mexicano no tenía sentido. Fue a partir de las reformas electorales, que iniciaron a partir de 1977, que a la postre permitieron un juego democrático más equitativo, más el inicio de la utilización de las encuestas, que empezamos a conocer el origen y el motivo de nuestro voto.
Así, con los sondeos electorales y, en especial, con los que se realizan a boca de casilla, hallamos, más allá de las teorías del comportamiento del voto, que cada elección tiene su contexto y circunstancia específica. En este sentido, a partir de las elecciones federales de julio de 2006, y en especial en nuestro Estado, en donde el PRD logró ganar por primera vez todos los escaños en disputa, se acuñó el llamado “efecto peje”, que se entiende en términos generales, como la capacidad que tiene Andrés Manuel López Obrador, de hacer ganar a los candidatos de su partido cuando el aparece en la boleta electoral. Hecho que se confirmó sólo tres meses después (octubre de 2016), cuando el candidato del PRD a la gubernatura de Estado, fue superado por el aspirante del PRI, pero sin López Obrador en la boleta. Para las elecciones federales de 2012, otra vez con Andrés Manuel en la boleta, el PRD volvió a ganar las seis Diputaciones Federales y, por primera vez, después de la reforma electoral de 2011, que igualaba las elecciones locales con las federales, el PRD se hizo de la primera regiduría del municipio de Centro y del gobierno del Estado.
Después de los resultados electorales de 2006 y 2012, pareciera ya incuestionable la capacidad de arrastre de López Obrador a nivel local. La pregunta es entonces: ¿Cuánto pesa el llamado efecto peje? y si en 2018, pero esta vez como candidato presidencial de Morena, tendrá la capacidad de impulsar a los candidatos de su partido a nivel estatal.
Cualquier intento de cálculo de dicho efecto, cae en el terreno de la especulación, ya que depende de varios factores como el nivel de participación ciudadana y la capacidad de arrastre de los candidatos locales, además de que no se cuenta con un desempeño histórico electoral de Morena con el cual se pueda hacer un pronóstico fiable. Sin embargo, de acuerdo a una encuesta recientemente publicada por un diario de circulación estatal, Morena aventaja por más de 20 puntos porcentuales a su más cercano perseguidor (obtendría el 43.9% de los sufragios), lo que hace suponer que para 2018 el llamado “efecto peje” volverá a arrastrar una buena cantidad de electores. No nos queda más que lanzar nuestras apuestas y esperar el 2018.

*Maestro en Estadística Aplicada a las Ciencias Sociales. Consultor Independiente.