viernes, 16 noviembre, 2018
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El fracaso del PRI  

 

Uldárico Canto Taracena*

Tras una vida inundada de ímpetus, sueños, ilusiones; cobijando una familia crecida de miembros, hacedor de un próspero pueblo llamado Macondo; José Arcadio Buendía, muere atado, después que poco a poco fuera abandonado -sospechosamente por su improductiva vejez, propio de la ingratitud humana de sus descendientes-.

Ironía de la vida: pareciera el pago por años de sudar su cuerpo, forjar destinos, atemperar las almas y con estoicismo soportar cicatrices. Así se coció “100 años de soledad” del escritor, Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura.

Vivencias análogas pareciera escribirse en el seno del Partido Revolucionario Institucional. Sarcásticamente, su mayor fracaso, nacer en medio de una disputa revolucionaria y estabilizar el país. A principio del siglo pasado, se luchó contra la dictadura de un sólo hombre, contra Porfirio Díaz. Las clases sociales más bajas descontentas, después caos, muertes e incertidumbre. Nace el Partido Nacional Revolucionario en 1929 y gesta la paz y el desarrollo del país.

En 1938 encabeza la expropiación petrolera, se transforma en Partido de la Revolución Mexicana; su fracaso fue correr a los extranjeros de las empresas y ponerlas en manos de obreros mexicanos, que las usufructuarían por varias generaciones, para brindarles condiciones óptimas a sus familias.

Ya en 1946, como PRI, su fracaso fue industrializar el país, crear la clase empresarial y orientar el rumbo al fortalecimiento de la democracia mexicana. Mientras otros países – producto de la segunda guerra mundial- recogían cadáveres y aposentaban en ruinas sus ciudades, en nuestra nación se prestigiaba el “milagro mexicano” de altas tasas de crecimiento y estabilidad, en lo económico, político y social.

El fracaso del PRI fue sintetizar los ideales de la Independencia, Reforma y Revolución y abrazarlo con denuedo hasta clavarlo en la espina dorsal de su Constitución mexicana, para que nuestro marco de convivencia se rigiera en un espíritu de libertad, apego a la ley y desarrollo de nuestras instituciones públicas.

El fracaso del PRI fue impulsar las reformas estructurales de nuestro sistema electoral: en 1977, su inclusión de reconocer otras fuerzas políticas de manera oficial e inventar los diputados plurinominales; en 1986, abolir registros condicionados de partidos; en 1990, quitar el control al gobierno de organizar las elecciones; en 1993 y 1994, otorgar financiamientos a todos los partidos políticos. Las otras reformas, hasta la de 2014, elevar constitucionalmente el inalienable derecho de conquista paritaria de género.

El fracaso del PRI es demostrar, que la inmensa mayoría de infraestructuras carreteras, escuelas, centros de salud, modernización de sus instituciones, empleos, oportunidades, fueron instituidos por hombres y mujeres del Revolucionario Institucional, muy lejano a resultado de sus opositores.

El fracaso del PRI fue proveer oportunidades a jóvenes gobernadores, para capitalizar sus energías, innovaciones, estudios académicos y ante sus fallos, denunciarlos, meterlos en la cárcel o tenerlos prófugos de ley, sin razonar cuando sus adversarios, jamás sancionan la corrupción, sino la incrementan.

El fracaso del PRI fue llevar a la Presidencia de la República a Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo Ponce de León, para que formaran los cuadros políticos y de gobierno, ineficaces ayer ahora emancipados como los excelsos visionarios de la cuarta transformación de este país.

El fracaso del PRI es cuidar responsablemente sus propuestas de campañas mientras que sus adversarios prometen fantasías, que luego revocan imposibles de cumplir y se retractan sin pudor alguno, antes de tomar protesta de gobierno.

El fracaso del PRI es combatir la delincuencia, cuidando que la sociedad sea presa de la drogadicción, mientras que el gobierno de la Cuarta Transformación ofrece amnistía y legalización de las drogas, importándoles poco que llegue a las manos de los jóvenes y niños de este país.

El fracaso del PRI es no detectar que alentaba una impune mafia del poder, que construirían un nuevo partido; para mentir, robar, traicionar y con descaro hablar de honestidad y transparencia, elementos jamás atribuidos en sus currículos de vida.

El fracaso del PRI fue exponer los mejores candidatos, los más preparados, los más honestos mientras que sus rivales impusieron, mayoritariamente, quienes brillan por su historial delictivo y escolaridades deprimentes.

El fracaso del PRI fue reconocer derrotas, no tomar las calles, no incendiar gasolineras, no saquear comercios, no irrumpir en los órganos electorales, no promover ciudadanos irresponsables en el pago de sus contribuciones de ley porque siempre elevó el precepto que la ciudadanía duerma en paz, que el país es primero. Mientras, los delincuentes sonríen.

El fracaso del PRI es mantener encendida la llama de la esperanza, que los desleales y corruptos darán resultados positivos de gobierno, que se someterán a la sacristía de no meterle mano al erario público.

El fracaso del PRI es soñar que la deslealtad es corregible, que el cinismo es normal y que la ignorancia del voto, no trae consecuencias.

*Sociólogo. Maestría en Administración. Doctorado en Alta Dirección.