martes, 29 septiembre, 2020
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Inundación opacó triunfo de Medias Rojas

Fue tanto el jolgorio por la derrota 5-10 de los Rockies de Colorado, que pocos atendieron el cintillo que apareció en la parte inferior del televisor a mitad del partido de beisbol que pedía a la población de zonas bajas desalojar sus casas.

POR LUIS ENRIQUE MARTÍNEZ

img_5592Seducidos por el pitcheo y bateo del japonés Daisuke Matsuzaka, pocos atendieron el cintillo que apareció en la parte inferior del televisor a mitad del partido entre Los Medias Rojas de Boston y Rockies de Colorado. La mirada y la plática, estaba prendida en el penúltimo juego de la serie mundial de béisbol que se disputaba en Denver, Colorado.

El sábado 27 de octubre de 2007, despertó con el fresco de otoño. Al caminar las manecillas del reloj, la temperatura subió. Y la inevitable humedad tropical, intensificó el bochorno en el asiento de pasajero de la camioneta estaquita que transitaba a más de 100 kilómetros por hora al puerto de Frontera.

No había señales de nada en el cielo azul, saliendo de Villahermosa. Al dejar la capital de Tabasco, la luz solar iluminaba el trajinar de los pueblos del camino, algunos, casi llegando al golfo de México, empezaron a cubrirse de nubarrones no preocupantes para los vecinos de la región. Todo cabía entre la cotidianidad.

Al pie del puente que en 1986 mandó “las pangas al museo”, el chofer estacionó el vehículo de El Heraldo de Tabasco en una calle de terracería, aledaña. En el lugar ya había más de medio centenar de vecinos del municipio de Centla, sombreando. Y como los árboles cercanos no daban a vasto, algunos prevenidos presumían sombrillas y sombreros de paja o gorras beisboleras. La espera pasó diferenciada con el saludo de viejos conocidos o chascarrillos que en su mayoría daban solución adelantada al intenso calor.

De uno de los tres vehículos que eran parte de la comitiva esperada, descendió don Enrique González Pedrero, rayando las 11 horas. Detrás de él venía, el gobernador Andrés Rafael Granier Melo y su secretario de Gobierno, Humberto Mayans Canabal. Y para no olvidar su presencia, también destacaba Ignacio Cobo González y César Raúl Ojeda Zubieta y, entre otros, un representante del grupo Conasupo: Freddy Chablé Torrano.

img_7682Antes que se cumpliera el protocolo para bautizar con su nombre y apellidos el puente que unía a Villahermosa con el puerto de Frontera, y viceversa, el ex gobernador se acercó al reportero. Sin dejar de sonreír, preguntó por El Chato (Arnulfo Hernández Marín). Sin reparar en las contingencias de la vida, la respuesta favoreció a la salud física y económica del camarógrafo que además de burócrata de prensa, vendía servicios profesionales a particulares.

–Me da mucho gusto que le vaya bien a la gente trabajadora–, festejó González Pedrero.

De regreso a la ciudad, la conversación ubicó a El Chato en una cama de hospital, de la cual nunca saldría vivo. Asimismo, de la intensa humedad prevaleciente no mitigable en el momento por cuestión profesional.

Así pasaron las horas. Y llegó la noche. Y llegó la hora del béisbol. Y, cuando Matsuzaka rompía, en la casa de uno de los equipos supuestamente favorecidos con la regla del bateador designado, con un hit productor de dos carreras, apareció el cintillo de alerta que, con el paso de los días, se convertiría en la peor tragedia que ha vivido la población de Tabasco en los albores del siglo 21 y, del tercer milenio.

“Se recomienda a los habitantes de las zonas bajas…desalojar sus casas con la documentación necesaria para su identificación resguardadas en bolsas de plástico…”

Más o menos, ese era el mensaje oficial. Pero el televidente del Canal 9, lo que vio fue el sencillo del lanzador de los Medias Rojas de Boston. Y el bullicio de celebración, opacó a la lluvia que agarró en la calle a los vecinos de Frontera. Y de Villahermosa.

Fue tanto el jolgorio por la derrota 5-10 de los Rockies de Colorado, que para los militantes del PRD fue natural que se suspendiera por lluvia la marcha programada para el domingo. Y el torrente de agua empezó a preocupar a los medios de comunicación por lo azolvado del drenaje y la basura en la calle. Y cuando llegó el lunes, la burocracia de segundo nivel supervisaba el pertinaz crecimiento del Grijalva.

A la altura de El Paso de Macuiles, alguien informó a Jorge Luis Hernández, funcionario de la Secretaría de Gobierno, que un sinnúmero de propietarios de automóviles, habían habilitado el puente Grijalva IV, como estacionamiento. Al pasar el peatón, la mole temblaba.

Más adelante, después que se urgió a  poner atención de cómo las aguas del río empezaban a llegar a la biblioteca José María Pino Suárez, Carlos Garrido, en la esquina de Méndez y Malecón, consideraba que la crisis era pasajera. Y la noche, llegó. Y el malecón Carlos A. Madrazo, sólo era una referencia histórica.

Aún no se daba la imagen que le dio vuelta al mundo con un presidente Felipe Calderón, con pala al ristre, llenando costales de arena, pero ya las procesiones de gente huyendo de las zonas bajas de Villahermosa, eran la réplica de aquellos que intentaban huir del holocausto nazi. Esta representación imaginaria se hizo real cuando en las esquinas de la calle Pedro Fuentes y Constitución, una persona adulta, alto, rubio, con ropa informal, bajó de un jeep que en el costado izquierdo, presentaba una cruz gamada, para sugerir a los primeros solidarios del evento, a no impedir con costaleras de arena el paso de las aguas: “No las pongan para que inunde a todos y el gobierno sepa que no sirve…”, repetía.

José Ortiz Cornelio quedó impávido cuando un parroquiano del Rock and Roll respondió a su pregunta, pronosticando que las aguas pasarían El Submarino: “Eso le pasa a los pobres…”, acotó, burlón.

La creciente de 2007, según se registró en el muro izquierdo de la entrada del restaurante Balín, ubicado sobre avenida Madero, entre las calles Juárez y Sebastián Lerdo de Tejada, en el Centro Histórico de Villahermosa, alcanzó  1.33 metros de altura. Pero más: en edificios del malecón Carlos A. Madrazo y avenida Méndez, el agua superó los dos metros.

Albergues, fueron necesarios. Oficiales y particulares fueron la salvación. Y la plataforma política de quienes con el tiempo pretenden sacar raja de la catástrofe como Margarita Zavala.

mpgh0803El lunes 29, el martes 30 y el miércoles 31, se impregnaron de nostalgia. La memoria funcionó con más fruición el jueves 1, el viernes 2, el sábado 3, el domingo 4…con la excepción de los panteones de Villahermosa, la mayoría de los cementerios ubicados en el municipio de Centro, desaparecieron. ¡ Y los muertos no aparecían!

En esa semana de incertidumbre, con el permanente sobrevolar de helicópteros y aviones, un día, vecinos de la colonia Primero de Mayo, organizaron una visita turística al centro de Villahermosa. Lo acordaron luego de ver como un par de jóvenes, revelaban una íntima relación transportados en el cascajo de una lavadora, sobre la calle prolongación de Paseo de la Sierra y avenida 16 de Septiembre.

“Ay mojo, eso es puntería”, objeto, alguien. De todas maneras, el inquisidor se convirtió en héroe al día siguiente porque salvo a su vecino que, al intentar cruzar la esquina de Juan Álvarez con Méndez, fue jalado aguas adentro de la anegada avenida. “Garcita, si no sabes nadar pa’que te avientas”, fue el único reclamo.

Fueron tantos días de incertidumbre, días de incesante ruido mediático y de publicación de fotografías con caras trasnochadas, sonrojadas, que, al inhibirse la tragedia, nadie sabía quién fue el campeón de la serie mundial de béisbol.

Por esas fechas, también murió Morbo, el gato de Urrusti.

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Llegó la noche. Y llegó la hora del béisbol. Y, cuando Matsuzaka rompía con un hit productor de dos carreras, apareció el cintillo de alerta que, con el paso de los días, se convertiría en la peor tragedia que ha vivido la población de Tabasco.

La creciente de 2007, según se registró en la entrada del restaurante Balín, ubicado sobre avenida Madero, en el Centro Histórico de Villahermosa, alcanzó 1.33 metros de altura; en otros lugares el agua superó los dos metros.