martes, 22 octubre, 2019
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La República imaginaria y la primera dama

Por Elías Balcázar Antonio

Sin más preámbulos me atrevo a afirmar que la República en México ha existido más en el papel, en las Constituciones, en la imaginación de los políticos y de los abogados que en la vida real. El maestro Arturo Anguiano, uno de los especialistas más autorizados en esos asuntos nos dice:

“La República, que desde la independencia se estableció y que la revolución consagró en 1917, en realidad siempre se ha mantenido inédita en México, más como aspiración, que formando parte de la realidad. Siempre fue una República imaginaria, sobre el papel, inexistente históricamente, por la extrema concentración del poder del Estado y del gobierno (siempre amalgamados en México)… en la figura del presidente”.

La división y el respeto entre los tres poderes nunca existieron. Recuerden los años de gloria del PRI-gobierno: los diputados y senadores, sin dignidad alguna, sólo jugaban el papel de levanta-dedos, obedeciendo la línea que instruía el “Señor Presidente” de la República. Hoy los detractores de AMLO que lo acusan de Mesías ya se olvidaron de esa historia, así como de aquellos días en que la sagrada palabra del inmaculado Tlatoani sexenal no podía ser cuestionada, ni su voluntad divina podía ser contravenida.

En aquella República “imaginaria” la federación de estados autónomos tampoco existió: a los gobernadores siempre los imponía el sagrado dedo presidencial y siempre estuvieron sometidos y subordinados al poder indiscutible del presidente. Sin importarle los votantes, Carlos Salinas movió a 19 gobernadores, entre ellos a don Chavo Neme, y nadie dijo ni pío.

Y revisando papeles viejos y las leyes que nos hablan de la República, tampoco encontramos nada, por ningún lado, sobre la figura de la “primera dama”. Sin embargo, dentro de la magia que tiene nuestra vida política a la mexicana, en nuestro surrealismo mágico, esa figura se volvió costumbre, algo normal y aceptado por todos: que al lado del presidente o de un gobernador su esposa jugara ese papel, esa figura. Esa figura nos acercaba más a una monarquía que a una República.

Recuerdo con cierta nostalgia y agrado que en la vida política de Tabasco hubo primeras damas que honraron esa figura con dignidad y gran amor a Tabasco y que trabajaron con fervor para servir a los tabasqueños. Fueron damas que respetaron el trabajo y la investidura de sus maridos gobernadores, trabajaron con discreción al lado de ellos, jamás se atrevieron a jugar papeles protagónicos, ni mucho menos desplazar a su esposo en su papel y figura de gobernador. Y mientras las cosas caminaron así, sin ley alguna que lo prescribiera más que la costumbre, los tabasqueños siempre estuvimos de acuerdo.

Recuerdo a damas como doña Graciela Pintado de Madrazo que fue toda entrega y amor para Tabasco y que jamás trató de hacerle sombra a su marido, además las pulgas de don Carlos no hubieran permitido tal irreverencia: si así lo hubiera intentado, con dos “guajoloteras” el Ciclón la hubiera centrado. (Eso le faltó a Núñez). Igual papel desempeñó doña Beatriz Zentella de Trujillo (doña Betty le decían de cariño), esta gran señora trabajó al lado de don Mario con mucho amor y entrega también para Tabasco. Quienes éramos niños o adolescentes en aquellos años, el día de hoy recordamos a las dos damas con respeto, cariño y agradecimiento.

Doña Carmen de Mora, esposa del siempre bien recordado don Manuel R. Mora, respetó siempre el papel de su esposo. Y aunque les tocaron años violentos, doña Carmen siempre estuvo a su lado. La señora jamás abandonó el barco, ni mucho menos trató de hacerle sombra. Más dedicada a su trabajo literario, que destaca por sus hermosos sonetos, doña Carmen realizó también con discreción su trabajo de primera dama.

A don Leandro Rovirosa como gobernador la gente lo recuerda con mucho cariño. Es cierto, fueron los años de las vacas gordas y don Leandro hizo mucha obra y ayudó a mucha gente. Doña Celia González, su esposa, de origen michoacano con su trabajo discreto y sin protagonismos se entregó con fervor a Tabasco como si hubiera sido tabasqueña. Por eso los tabasqueños que vivieron aquel gobierno la recuerdan con mucho cariño hasta el día de hoy.

Doña Julieta Campos, esposa de González Pedrero, tampoco cayó en errores de protagonismo, corrupción o nepotismo. Aunque no era tabasqueña (era cubana) trabajó con mucho profesionalismo dentro del DIF estatal, sin protagonismos sirvió a los tabasqueños. No fue dada a aparecer en las fotografías a lado de su esposo el gobernador, ni de estar como la Coca-Cola  en todas las reuniones de gabinete o de aparecer a diario en las páginas de los periódicos.

Doña Celia Sastré, esposa de don Chavo Neme, fue toda entrega con la gente humilde. Me tocó en suerte trabajar para ella y me percaté del fervor amoroso con que servía a la gente. La mayoría de los tabasqueños la recordamos con mucho cariño. Me tocó ir a sus dos últimos informes y el auditorio Esperanza Iris se ponía a reventar. Y no iban acarreados. Jamás se sintió gobernadora, ni fue protagónica. Y aunque llegó a tener mucho jale entre la gente, siempre fue discreta y respetó la investidura de su esposo gobernador.

Doña Soledad Hernández de Gurría, esposa de don Manuel, fue toda entrega, también me tocó trabajar con ella en el DIF y estuvo siempre muy vigilante de que cumpliéramos al cien todos los programas. Quienes la tratamos, al principio nos daba una imagen muy burguesa o estirada, pero nada qué ver. Tengo el grato recuerdo de toda sencillez y humildad y era muy accesible con la gente humilde.

De doña Isabel de la Parra, ni hablar, todos los tabasqueños guardamos gratos recuerdos y gratitud hacia ella. Doña Chabeli, como le decimos de cariño, no es tabasqueña, es de la Ciudad de México. Pero, al igual que doña Celia Sastré, realizó sus tareas con todo amor para Tabasco. Tampoco jugó papeles protagónicos, ni trató de hacerle sombra a Roberto Madrazo.

Y mientras las cosas caminaron bien en la vida política de Tabasco, la figura de primera dama, aunque no hay una ley que la prescriba, siempre fue aceptada por los tabasqueños. Pero no sucedió así con la figura de primera dama con el fallido gobierno de Núñez. ¡Nada qué ver con las primeras damas de sexenios anteriores sino todo lo contrario!

Inconforme con la gestión de Núñez y con las atribuciones de gobernadora que se tomó su esposa, abusando de la debilidad de Arturo, los amigos me decían molestos que cuando votaron por Núñez en la papeleta sólo aparecieron la foto y el nombre de él, jamás vieron la foto de su esposa, ni su nombre. En los corrillos los paisanos decían: el gobierno de Tabasco es una monarquía donde existen el rey y la reina. Pero manda la reina.

Por falta de espacio o más por pena, no quiero entrar en detalles de excesos de nepotismo, protagonismo en que incurrió la señora, y dicen que de corrupción con el presupuesto que es algo que habrá qué probar. Además, gobernó más para sus parientes, constructores y amigos chiapanecos y se olvidó de nosotros los aldeanos tabasqueños. Por ello, dos puntos sugiero: uno para la legislatura actual, federal y local, y otra para AMLO y Adán Augusto.

Uno, que tanto el presidente electo como el gobernador electo cumplan, sin excepción alguna, con su promesa de campaña de combatir la impunidad. Con Núñez y su fracasado y corrupto gobierno, Adán tiene su primera prueba de fuego. Los aldeanos estaremos pendientes de que no haya impunidad. Y dos, aunque la figura de primera dama es resultado de la costumbre, de todas maneras, es necesario que se legisle y quede escrito de manera explícita en la Constitución que se prohíbe la figura de “Primera dama” o “damo” (¿?) y que se prohíban y castiguen todas las atribuciones que se tomen las esposas o los esposos del o la gobernante en turno. ¡México no es una monarquía, se supone que es una República!