viernes, 30 octubre, 2020
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Las elecciones a dos vueltas…

Carlos Flota

Después de los apretados resultados electorales de las elecciones presidenciales en 2006, en ciertos grupos políticos se inició un debate con argumentos a favor del “ballotage” (proceso que consiste en la posibilidad de que las elecciones se realicen en dos etapas, en el caso de que los resultados arrojados en una contienda electoral no cumplan con ciertos criterios previamente establecidos). El reciente triunfo del Emmanuel Macrom en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Francia, parece haber revivido la discusión aparentemente olvidada sobre el tema.

Si bien hay variantes en los tipos de criterios para un proceso electoral de dos vueltas, en nuestro caso, dichos criterios, de acuerdo a sus promotores (el Partido Acción Nacional en su momento, presentó una iniciativa en este sentido), tanto el ejecutivo nacional como los estatales, deberían ser electos en una segunda ronda, en los casos de que ningún candidato obtuviera 50% de los votos más uno o en el caso de que algún contendiente obtuviera 40% de los sufragios más uno, pero la diferencia entre el primer lugar y el segundo fuera menor a 10 puntos porcentuales. Además, de que las elecciones para renovar el Congreso Nacional, deberían ser en la misma fecha que la primera vuelta de la elección presidencial.

Según los partidarios de los procesos electorales en dos vueltas, esto generaría una mayor legitimidad al generar una mayor representación política, mejoraría la gobernabilidad y reduciría la posibilidad de conflictos postelectorales.

En mi opinión, la propuesta de las elecciones en dos vueltas no resuelve ninguno de los puntos planteados por los seguidores de este esquema, pues en elecciones a dos rondas, la legitimidad sería a todas luces, producto de una mayoría ficticia, ya que, al haber dos candidatos en una segunda vuelta, el ganador obtendría una mayoría absoluta que no obtuvo en la primera. En algunas ocasiones puede suceder que el segundo lugar en la primera vuelta gane la elección en la segunda (son los casos, por citar algunos, de Abdalá Bucaram en Ecuador y de Fernando Collor de Mello en la década de los 90). Así, con un Congreso mayoritariamente en contra, sería prácticamente irrelevante la mayoría lograda en la segunda vuelta. De tal forma, la gobernabilidad o supuesta mejoría de ésta, se sustentaría en pies de barro, pues depende en gran medida de los acuerdos que se logren al interior de las cámaras y no de la simpatía popular obtenida en una segunda ronda. De hecho, durante los últimos 20 años se han dado más reformas constitucionales, que cuando había mayoría absoluta en las dos cámaras, lo que sugiere que es incorrecta la tesis de que los gobiernos divididos son sinónimos de ingobernabilidad.

 

 

Por otra parte, a diferencia del esquema francés donde los parlamentarios son elegidos después de que se conoce el ganador de las elecciones presidenciales, la iniciativa propuesta en nuestro país, como ya se mencionó, la elección de los integrantes del Congreso se llevaría a cabo simultáneamente con la primera vuelta presidencial. Así, en el caso francés, los ciudadanos deciden si el ejecutivo electo debe o no contar con una mayoría legislativa que lo respalde, mientras que en nuestro caso decidiríamos, al igual que en todos los países latinoamericanos donde existen elecciones en dos vueltas, la composición del Congreso sin conocer a qué presidente se le debe o no brindar el apoyo que le permita gobernar con relativa eficiencia. De hecho, si observamos algunas experiencias latinoamericanas, más que resolver, ha agravado los problemas. Incluso se ha llegado a casos extremos, como la destitución de mandatarios y auto golpes de estado.

Quizás los procesos electorales a dos vueltas tengan atributos deseables, pero en lo personal creo que no resuelven los problemas de fondo. Sin embargo, si se decide establecer un sistema electoral de dos vueltas, como condición necesaria, el congreso se debe elegir después de que se conozca el presidente electo o al menos, hacer coincidir la elección legislativa con la segunda vuelta presidencial. Esto, con el objetivo de tratar de fabricar una mayaría absoluta a favor del partido del presidente. También se podrían intentar otros mecanismos para intentar resolver los cuestionamientos de legitimidad y gobernabilidad, como reinstaurar la cláusula de gobernabilidad y generar una mayoría al interior del Congreso o incrementar el umbral para el registro de los partidos políticos, con el objetivo de reducir la fragmentación de las fuerzas políticas con representación en las cámaras.