domingo, 19 agosto, 2018
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Todo apunta a que el líder de Morena será el próximo presidente de México, y eso tiene bastante nerviosos a los empresarios del país.

Los electores quieren a AMLO. Los empresarios no tanto

Si la ansiedad que provoca Andrés Manuel López Obrador entre los líderes políticos y empresariales de México tuviera un epicentro, sería Monterrey. Muchas de las compañías internacionales más exitosas del país tienen su sede en la ciudad, transformada a fondo durante los últimos 25 años por el TLCAN. Monterrey no es inmune a la epidemia de violencia de los cárteles, pero algunos de los suburbios en el extremo oeste de la ciudad bien podrían confundirse con vecindarios exclusivos del sur de California. La región tiene la tasa de pobreza más baja del país, la tasa de empleo formal más alta y un ingreso per cápita que casi duplica el promedio nacional.

Con su sesgo empresarial, universidades de primera y una geografía que los pone en la intersección del comercio bilateral entre México y Estados Unidos, Monterrey ha amarrado su futuro a la continuación de la globalización económica, de aquel denominado neoliberalismo que tanto desdeña el movimiento de López Obrador.

Cuando Donald Trump amenazó a la empresa de aire acondicionados Carrier para que mantuviera una planta en Indianápolis durante la campaña de 2016, esos empleos llegaron de todos modos a Monterrey, a un creciente complejo de fábricas y almacenes al norte de la ciudad.

Y cuando Trump arremetió contra Oreo, porque la empresa matriz del fabricante de esas galletas comenzó a hablar sobre trasladar a México una planta de Chicago, esos empleos también terminaron en el mismo parque industrial, llamado Interpuerto Monterrey. Por supuesto, no todo es bonanza: en 2017 este complejo de mil 400 hectáreas obtuvo poco más de la mitad de los 120 millones de dólares en inversión anual que había pronosticado.

El director general del parque, Mauricio Garza Kalifa, atribuye el revés a una “tormenta perfecta” de incertidumbre que asoló a Monterrey a principios del año pasado. La renegociación del TLCAN es parte de ello, al igual que el nuevo plan de impuestos corporativos de Estados Unidos. Y luego está López Obrador.

“Mira, ahorita las últimas encuestas que han salido le dan la ventaja a AMLO, y sí, hay un poco de preocupación sobre lo que va a hacer”, explicó. “¿Cambiará radicalmente el rumbo del país o seguirá el mismo camino general en el que hemos estado? Los inversionistas extranjeros parecen cautos, esperando a ver qué pasa”.

No son sólo los extranjeros; los empresarios mexicanos también muestran reservas. La tensión entre el candidato que va con claridad en primer lugar en las encuestas y las cúpulas empresariales ha pasado de subterránea antes del inicio de la campaña a estar a la vista de todos ahora, como dos boxeadores a puro intercambio de golpes tras haber gastado los primeros rounds tanteándose a la distancia.

El entredicho a mediados de abril de López Obrador con el más representativo de todos los empresarios de México, Carlos Slim, en torno a la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México es, quizá, un aperitivo a lo que está por venir en caso de que el hoy favorito gane la elección el 1 de julio: por primera vez en décadas, los grandes empresarios no podrán contar con tener una voz receptiva en Palacio Nacional.

El propio candidato de Morena lo dejó claro en una entrevista este mes con Televisa: “lo que ahora se necesita es separar al poder económico del poder político” y tener un gobierno que “no esté al servicio de una minoría rapaz,” dijo. Y luego añadió: “estos señores se creen los dueños de México”.

En las torres corporativas de Monterrey ese antagonismo automático hacia López Obrador es palpable. Algunos sospechan que se refiere a ellos cuando dispara con aquello de la “mafia del poder”. En febrero, el candidato visitó la ciudad y convocó a una reunión en un Holiday Inn Express, aparentemente para tranquilizar a la comunidad empresarial. Más de 200 personas asistieron, pero lo más relevante fueron las ausencias. No participaron directivos de Cemex, Femsa o Alfa, los grandes grupos oriundos de la segunda mayor ciudad mexicana.

Jesús Garza, quien dirige una firma financiera en Monterrey y trabajó como economista para el Banco de México, consiguió una invitación de un amigo con contactos en Morena. Como muchos otros, estaba ansioso por escuchar lo que López Obrador tenía que decir sobre el sector energético. Durante ocho décadas, la industria estuvo dominada por Pemex, pero la apertura impulsada por el gobierno de Enrique Peña Nieto en 2013 cambió el juego, abriendo el sector a las compañías privadas y extranjeras. Que López Obrador pudiera anular muchos de esos contratos, socavando así la privatización del sector, es la principal preocupación de muchos líderes empresariales.

Una semana antes de esa reunión de febrero, uno de los asesores económicos del candidato aseguró públicamente que se respetarían y protegerían los contratos privados de petróleo, valorados en hasta 153 mil millones de dólares. Pero cuando López Obrador llegó a Monterrey días después, Garza dice que el candidato pareció vacilar en este punto, dejando abierta la posibilidad de una revisión integral del sector. “Creo que en el fondo no cree en la agenda de la reforma energética que estableció la actual administración”, dice Garza. “Y ya en el poder, creo que la revertiría si tuviera la oportunidad”.

Ese tipo de desconfianza ensombrece casi todo lo que promete. López Obrador y su elegido como secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, han garantizado reducir el déficit presupuestario, respetar la autonomía del banco central y mantener la libre flotación del peso. Los ahorros que obtendrán de la eliminación de la corrupción y el soborno, dicen, permitirán que el gobierno equilibre sus finanzas.

“Somos más centristas que Lula”, insiste Urzúa, refiriéndose al expresidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, otro izquierdista que la década pasada hizo campaña por la reforma social y que finalmente sorprendió a los inversionistas con políticas favorables a las empresas.

Tampoco ayuda que el candidato a menudo contradiga a los mismos asesores que lo defienden como un pragmático fiscal que no hará nada drástico con la economía. En un mitin en febrero, López Obrador prometió a sus votantes que no va a dejar que el petróleo acabe en manos de los extranjeros, pero antes sus asesores habían declarado que nunca trataría de nacionalizar la industria petrolera. En otro evento de campaña, prometió terminar con los gasolinazos, congelando los precios en términos reales, pero su equipo después aseguraba que lo que quería decir es que bajaría impuestos sobre la gasolina.

Esta ambigüedad hace que no todos crean en sus dichos. El economista de Citigroup, Sergio Luna, advirtió recientemente que, a la larga, un gobierno de López Obrador “generaría inconsistencias macroeconómicas en términos de política monetaria, fiscal y comercial”. Considera que una presidencia del candidato de Morena generaría más inflación y un déficit fiscal del 4 por ciento para 2022, desde el 2.5 por ciento previsto para 2018.

Lo interesante es que cuanto más sube el candidato de Morena en las encuestas y más nos aproximamos a la votación, menos dispuesto parece a tranquilizar a los empresarios e inversionistas.

La aparente moderación lopezobradorista de finales de 2017, cuando se removió de la plataforma del partido el llamado a un plebiscito sobre la reforma energética, parece perder terreno ante los llamados más controversiales de quienes se sienten traicionados por el modelo económico del país. Incluso sus sonrisas a los banqueros en Acapulco durante la Convención Bancaria, a principios de marzo, parecen recuerdos de otras épocas.

No se necesita un doctorado en política para entender qué está pasando en la campaña por la presidencia de México. La sociedad tiene más enojo por la corrupción y la creciente pobreza e inseguridad (especialmente en el sur del país) que miedo por la ambivalencia en las propuestas del principal contendiente. Y los errores del candidato parecen no impactar en su popularidad por más que, por ejemplo, millones lo vean titubear y a la defensiva al momento de debatir con sus rivales.

“La gente le perdona todo porque siente que es el único instrumento con que se cuenta para vengarse de una clase política corrupta,” dice el consultor Luis Carlos Ugalde. “La competencia sigue girando en torno al eje que ha definido López Obrador: que él es el único campeón del verdadero cambio.”

La rabia de los mexicanos tras un maratón de casos de corrupción, tanto de gobiernos estatales como del federal, ha permitido lo que hasta hace unos meses parecía imposible: que el tabasqueño, de 64 años, sea hoy el candidato con mejor imagen de los cinco que compiten por la presidencia, revirtiendo buena parte de su percepción negativa entre los votantes, rompiendo así su techo electoral. Pero eso no es lo único que explica su auge en las encuestas. Más de una década en campaña sin parar, con eventos grandes y pequeños en más de 2 mil 400 municipios, le han permitido tener un catálogo inacabable —y oportuno— de promesas. Sabe cuándo y dónde hablar de subsidios a los fertilizantes y cuándo reiterar la autonomía del banco central. Cuándo presumir a los moderados de su equipo y cuándo usar el nombre de Napoleón Gómez Urrutia para ganar aplausos. Augura balance en el gasto público y a la vez construirá refinerías en Tabasco y en Campeche, lo que costaría miles de millones de dólares. Qué tan viables o congruentes son las promesas, es un asunto —desde la perspectiva de López Obrador— para después del 1 de julio; ahora lo que importa es ganar, como sea, sumando a quien se pueda.

Las aparentes contradicciones o rodeos del puntero alimentan muchas de las críticas que le hacen sus opositores, pero en una campaña política, la primera meta es conectar con la gente para ganarse sus votos. Y en ese objetivo, ver a un solitario Ricardo Anaya entrar a la tienda de Amazon en Estados Unidos, simplemente no logra el mismo efecto que un López Obrador compartiendo un escenario con huacales llenos de limones y racimos de coco en Jerez, Zacatecas.

Y claro, no solo es esta bandera de cambio la que protege a López Obrador y sus deficiencias, también hay claras carencias en las campañas rivales. En la trinchera de Anaya, la dificultad de delegar del candidato y los embudos de decisiones son tan obvios que a nadie sorprendió que no se hubiera nombrado un jefe de campaña hasta cuatro semanas antes del debate presidencial.

Tampoco le ayuda una presunta intervención del gobierno para desacarrilarlo a través de una acusación de operaciones con recursos de procedencia ilícita. Y la estrategia dentro del equipo de José Antonio Meade no fue mejor. Los casi 50 ‘chefs’, o coordinadores del equipo priista, no pueden encontrar la fórmula que permita a su abanderado distanciarse de la impopularidad del partido, presumir su trayectoria individual sin poder criticar los errores del presidente y sus allegados.

Así, López Obrador se encamina a ganar la elección presidencial, y no es porque hayan cambiado mucho sus planes desde 2012 o sean más claros que entonces. No es un tema de derechas o izquierdas. Ni siquiera de sur versus norte. Se trata de que muchos electores encuentran en esa “X” sobre el nombre de quien llama –por convicción o conveniencia– a los gobernantes “puercos, marranos” o simplemente “mafia del poder”, la manera más directa de decirle al gobierno, empresarios y hasta los medios: a la chingada.

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La historia de López Obrador comienza en Tepetitán, un pueblo de menos de mil 500 habitantes en un recodo de un río de Tabasco. Sus abuelos eran campesinos y sus padres tenían una tienda de telas. Los amigos de la infancia recuerdan a un niño que amaba el beisbol y cuyo destino no parecía muy distinto al de ellos. Pero cuando tenía 15 años ocurrió una tragedia que se convertiría en una parábola fundacional de su carrera.

Una tarde, su hermano menor, José Ramón, tomó una pistola e intentó convencer a López Obrador de asustar con ella a un empleado de una zapatería cercana. Según el historiador Enrique Krauze, López Obrador comenzó a discutir con su hermano, tratando de convencerlo de que guardara el arma. Al darle la espalda a su hermano oyó un disparo. José Ramón se había disparado accidentalmente, lesionándose mortalmente.

El candidato no habla mucho sobre el incidente, aparte de reconocer que lo afectó profundamente. Krauze ha sugerido que el incidente dejó a López Obrador con un sentimiento de culpa, que él trata de expiar con un celo casi mesiánico para cambiar el curso de la historia.

Siempre se ha centrado en los pobres y subrepresentados. Cuando era joven, se convirtió en defensor de la población indígena, ayudó a supervisar la construcción de miles de casas rudimentarias y letrinas en poblados rurales y dirigió la redistribución de tierras agrícolas entre los desposeídos de Tabasco. En 1976, se unió a la campaña al Senado de un candidato priista sencillamente porque no había muchas opciones; el PRI mantuvo un dominio absoluto sobre la política nacional ocupando la presidencia desde 1929 hasta 2000. Pronto fue nombrado presidente del comité estatal priista de Tabasco, pero dejó el cargo al cabo de un año. Cuando trató de supervisar el gasto entre los alcaldes locales del PRI, en un esfuerzo inicial para controlar la corrupción política, se resistieron. Según un historiador de Tabasco, Lopez Obrador fue avisado de bajar su tono revolucionario, y le dijeron: “esto no es Cuba”, acusándolo de propagar un socialismo cubano en las aldeas indígenas.

“Hay personas en la historia que no tienen ideología y se adaptan a las circunstancias”, dice Geney Torruco, cronista oficial de la ciudad capital de Tabasco. Tales personas, se apresura a agregar, no tienen casi nada en común con López Obrador. Rodolfo Lara, su profesor de la secundaria, le describe como alguien con creencias izquierdistas que nunca han cambiado, aun si su método de expresarlas ha evolucionado. “Hay madurez en el sentido de que con sus expresiones ya no son tan duras. Invoca el ‘amor y paz,’ cuando lo quieren arrinconar. ¿Pero veo que haya cambio ideológico? Me parece que no”.

En 1988, se unió a una coalición de partidos de izquierda, compitió por la gubernatura y perdió por un amplio margen, lo que no le impidió liderar las protestas alegando fraude electoral.

Perdió una vez más la gubernatura en 1994, y esta vez sus denuncias de fraude tenían más peso, pues hubo evidencia de numerosas discrepancias en las casillas. Dirigió una caravana de protesta desde Tabasco a la Ciudad de México, donde él y sus seguidores tomaron el zócalo de la capital. El plantón finalmente se levantó, no sin antes forzar la renuncia del secretario de Gobernación.

López Obrador era para entonces una presencia en la escena nacional, y una serie de movilizaciones que encabezó contra Pemex hizo que permaneciera en el ojo público. En 1996, la policía trató de terminar con uno de esos bloqueos y Proceso recogió en su portada una imagen de él con la camisa salpicada de sangre, consolidando su reputación como uno de los incitadores sociales más persistentes del país. Desde ese momento, ya estaba definida su imagen de disruptivo; alguien que no cuadra en el modelo tecnócrata que predominó en la administración pública federal desde la presidencia de Carlos Salinas de Gortari.

Ese perfil era justo lo que necesitaba el Partido de la Revolución Democrática (PRD) para relevar y refrescar al popular pero monótono ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas en la Ciudad de México. De esta forma quedó puesta la mesa para la primera (y hasta la fecha, única) victoria electoral del actual candidato de Morena.

En 2000, fue elegido jefe de gobierno de la capital del país. Creó un elenco de programas sociales, incluidas las pensiones mensuales para las personas de la tercera edad e introdujo algunas mejoras a la infraestructura. A pesar del juicio de desafuero, López Obrador dejó su cargo en 2005 con índices de aprobación que rondaban el 80 por ciento.

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Tras perder en las elecciones presidenciales de 2006 ante Felipe Calderón por poco más de medio punto porcentual comenzaría una historia conocida: López Obrador impugnó los resultados, alegando una vez más fraude y graduándose como amenaza política para la élite mexicana.

Algunos de sus seguidores tomaron carreteras de peaje y bloquearon las oficinas de bancos, acusando a las empresas de conspirar con Calderón para negarle el triunfo que le correspondía. Otros lo acompañaron en el plantón en Reforma, mientras el tabasqueño se declaraba presidente legítimo. Esta rebeldía le costó el apoyo de muchos de los que habían votado por él y en su segundo intento por ganar la presidencia, seis años después, quedó casi siete puntos porcentuales debajo de Peña Nieto.

Ya para entonces su reputación ante sus críticos estaba cimentada y se centraba en dos aspectos predominantes: una aparente disposición a derribar cualquier institución que él considerara sesgada en contra de su movimiento político. Y una encarnizada reticencia, sin importar las circunstancias, a darse por vencido.

Sin embargo, hacia finales de 2013, muchos creyeron que el movimiento de López Obrador había llegado a su fin. Sus llamados a rechazar la reforma energética encontraban poco eco, las protestas contra la apertura energética no eran ni una fracción de las marchas que conseguía movilizar el tabasqueño años antes. La reforma constitucional avanzó ese diciembre, mientras el entonces excandidato padecía problemas de salud que lo obligaron a una operación cardiaca de emergencia.

Irónicamente, el tema petrolero, que parecía poner el último clavo en el ataúd del lopezobradurismo, fue lo que lo resucitó al tercer día, o mejor dicho un año después. Mientras en 2014 los legisladores redactaban las leyes secundarias de la apertura energética, y discutían hasta el cansancio cómo distribuir la riqueza esperada, el mercado internacional del crudo comenzaba un desplome que arrastraría el precio de la mezcla mexicana a una quinta parte de la esperada por los políticos.

En los humedales de Tabasco, en el sureste de México, agricultores indígenas hacen guardia afuera de los pozos petroleros. No tienen un estatus oficial, pero cualquiera que pretenda hacer negocios allí tiene que pagar para poder pasar.

Por ejemplo, en el pozo 144 en el enorme campo Sen, propiedad de la estatal Pemex, las compañías de servicios señalan que tienen que pagar a dos de esos grupos, que dicen representar a las comunidades locales y terratenientes. En algunas áreas hay hasta 10 y cobran tarifas que pueden llegar a 50 mil pesos al mes para las firmas internacionales más grandes.

No hay muchas otras maneras de que la gente de los ejidos gane dinero con el petróleo. En los cuatro años desde que México abrió su industria energética al mercado global, se han firmado más de 100 contratos de exploración y producción. Pero la promesa de una ola de inversión no se ha cumplido; Pemex y sus contratistas recortaron empleos cuando cayeron los precios del crudo y no los han restituido con el alza actual.

Si alguien quiere conocer por qué las propuestas de López Obrador en materia energética, a pesar de ir a contramano de las tendencias internacionales de la industria, son tan populares con una parte significativa de la población, solo tiene que darse una vuelta por los estados que alguna vez fueron como la Arabia Saudita mexicana.

La desilusión ya es común tanto para Tabasco como su estado vecino Campeche. Hace 40 años el gigantesco campo Cantarell prometía ser la receta para terminar con la pobreza en estos dos precarios estados. Pero ni los cientos de millones de barriles de petróleo producidos por el mayor yacimiento mexicano ni tampoco los esquemas de financiamiento de Pidiregas en los 90 o el boom de precios de la década pasada han producido los cambios anhelados.

Luego llegaría la reforma petrolera tras los cambios constitucionales de 2013 pero aún con todo esto, habitantes como la familia Coronel no lograron salir de la pobreza. Una condición compartida que no ha parado de crecer en estos años: 34.8 por ciento de los tabasqueños eran pobres en 2006, 39.9 por ciento en 2012, y 46.5 por ciento el año pasado, según datos compilados por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval).

“Mucha de nuestra gente está migrando a otros estados o países porque no hay trabajo en el campo. No podemos mantener a nuestros hijos,” afirma Ignacio Coronel, Comisionado Ejidal de Cumuapa II en el campo Samaria. “Nos han abandonado los políticos”.

Una semana después del primer debate, López Obrador regresó a Monterrey a un foro en el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, generalmente considerada la mejor escuela de negocios en América Latina. El Tec es la alma máter de muchos de los adversarios de López Obrador dentro de la cúpula empresarial del país. Figurativamente, y en algunos casos literalmente, había ido a hablar con los hijos de esa élite.

Cerca de mil 800 estudiantes se congregaron en un auditorio, donde López Obrador respondió calmo a docenas de preguntas de todo tipo, desde la pena de muerte (se opone), la eutanasia (la apoya) y las pensiones de los expresidentes (la abolirá) hasta la igualdad de género (la respetará). Cuando hizo mención de cómo los llamados poderes fácticos frustraron su primera carrera presidencial, fue recompensado con aplausos. Un exalumno llamado Manuel Toledo hizo en Twitter la siguiente observación: “Como exalumno de dicha institución debo admitirlo, jamás en la vida esperé escuchar a los estudiantes del Tec de Monterrey aplaudir gustosos a AMLO después de afirmar (soberbio como siempre), sobre el 2006: ‘con todo respeto, se robaron la presidencia’”.

Los millones que viven en el empobrecido campo mexicano siguen siendo su base confiable, con los que siempre podrá conectarse con una soltura que le resulta fácil. Pero son los residentes del norte de México, en ciudades como Monterrey, quienes determinarán si este año será distinto a 2006 o 2012.

Cuando concluyó el foro universitario, López Obrador saludó a los estudiantes y luego se puso una playera de los Borregos del Tec. Salió del escenario entre gritos de “Presidente, presidente, presidente”.

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