jueves, 21 marzo, 2019
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Mexicanos vs. Mexicanos

Elías Balcázar Antonio

Corren en las redes de WhatsApp aquellas palabras que el entonces presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, dijera a principios de siglo pasado sobre los mexicanos. Aunque fueron dichas con el desprecio, odio y racismo que muchos gringos sienten hacia nosotros los mexicanos, por desgracia alguna de esas palabras no dejan de tener bastante de verdad aunque no para todos los mexicanos. Woodrow Wilson dijo:

“Los mexicanos son así, no hay de qué preocuparnos. Ellos se encargan de matar por la espalda a sus valientes; lo llevan en la sangre, son traidores y cobardes…, sólo les interesa cuidar el plato de frijoles y el aguardiente que beben. Ellos mismos matarán a su Zapata y a su Pancho Villa, los conocemos de sobra, les gusta ser nuestros sirvientes. Esperemos un poco, ellos mismos se matarán entre ellos, no saben pelear con honor y menos vivir libres. Nacieron prietos y esclavos, nacieron nuestros”.

Esas palabras cargadas de odio, desprecio y racismo contra los mexicanos señalan un punto que ha perdurado por siempre en nuestra historia y que no deja de ser cierto: “ellos mismos se matarán entre ellos”. Por desgracia así ha sido; no hemos sido un pueblo unido que tenga un profundo sentido de identidad nacional como lo tienen los japoneses, los alemanes, ingleses o franceses. Toda nuestra historia del siglo XIX se caracterizó por una permanente guerra civil, pugnas entre las logias escocesas contra las yorkinas, guerras entre centralistas contra federalistas, liberales contra conservadores. Aquel México fracturado estaba muy lejos de ser una nación, aquel México que era un “mosaico de países” fue aprovechado por el expansionismo estadounidense para apropiarse de buena parte del “territorio mexicano”.

Por el contrario la historia de los estadounidenses ha sido diferente. Desde que los migrantes ingleses cruzaron el Atlántico para venir a América, ya traían en mente y en su espíritu un germen de nación; el germen de lo que sería la Nación de los Estados Unidos de América. Calvinistas la mayoría de aquellos colonos ya traían en su espíritu y en su fe que ellos eran un pueblo predestinado y el único elegido para ser redimido. Más adelante, con el andar de su historia, se pensaron además como redentores. El rasgo más importante del calvinismo fue la predestinación. Esto lo planteaba Jean Calvino en su libro Institución de la religión cristiana, publicado en 1536. En él su autor afirmaba que Dios había elegido, por su libre gracia y amor, a un cierto número de criaturas para vivir con Cristo. “En cuanto al resto de la humanidad, Dios consideró conveniente, en su absoluto e inalterable juicio, hacerlo a un lado y destinarlo a la destrucción… redimió a los <<elegidos>>, pero solamente a ellos; los demás deberán sufrir el justo castigo a sus acciones”. Y así se pensaron desde su llegada al Continente Americano los fundadores de la Unión Americana: que ellos eran el pueblo elegido. Adolfo Hitler no lo hubiera planteado de mejor manera. De ese apasionado calvinismo surgieron la Doctrina Monroe y la idea del Destino Manifiesto.

La fe en ser el pueblo elegido fue derivando entre los angloamericanos en un concepto misional hacia el mundo. De esa idea, surgió en los angloamericanos la certeza de su superioridad sobre los demás pueblos: sobre los no elegidos. Desde sus orígenes el pueblo estadounidense se ha pensado a sí mismo que ha recibido el “llamamiento divino” que le ha otorgado la “vocación y la misión” para que, “con la protección del cielo”, ser “el instrumento destinado a la regeneración moral y política del mundo” y cumplir su misión al servicio del bien y en contra de los malvados. Los malvados de esta historia han sido los católicos españoles e hispanoamericanos en el siglo XIX, los comunistas en el siglo XX, los árabes y musulmanes terroristas hoy, y Fidel Castro, Torrijos, Maduro, AMLO y todos aquellos que luchan por la soberanía de sus países en América Latina y por sacudirse el dominio y saqueo de los gringos.

Y mientras que a los estadounidenses los caracteriza un orgullo nacionalista que raya en el fanatismo, nosotros seguimos divididos en la eterna lucha entre “los de afuera contra los de adentro”, los que están fuera del presupuesto contra los que están dentro y agarraron hueso. Y pa´acabarla de amolar aquellos elegidos que agarraron hueso, rápido se enferman del síndrome del ladrillo, como dijo por ahí un compañero periodista, y para que te den audiencia o te respondan una llamada a su celular le cuelga. Es más fácil sacarle un suspiro a un ladrillo, que lograr que contesten a tu llamada. Y contrariamente al orgullo nacionalista de los estadounidenses, existen mexicanos que les avergüenza ser mexicanos y practican un racismo, no tan velado, para nuestros propios connacionales sobre todo contra aquellos de marcados rasgos indígenas.

Por otro lado mientras los estadounidenses resuelven sus diferencias por las vía pacífica y por ese mecanismo que ellos llaman democracia y luego dejan trabajar al gobernante elegido, ya sea del Partido Republicano o ya sea del Demócrata, en México no ha sido así. Nuestra historia está plagada de rebeliones, levantamientos armados, derrocamientos y cuartelazos sólo por tomar el poder y lograr las migajas del presupuesto que dejaron los que se fueron.

Y hoy que AMLO destapó la cloaca, de la cual no nos imaginamos que fuera a surdir tanta inmundicia, aquellos que están embarrados en ese cochinero están buscando por todos los medios de no dejarlo gobernar. Aquellos “comunicadores y periodistas” que tanto disfrutaron del chayote derivado de esa cloaca y que por razones obvias nunca denunciaron nada de ese marranero, ahora se han vuelto fervientes críticos del trabajo de gobierno que encabeza nuestro paisano: ven peligrar el tambo de mierda que les alimentaba y ven la paja en el ojo ajeno…

Bien decía don Porfirio Díaz, viejo lobo de mar a quien le tocó vivir aquel fatídico siglo XIX:

“En Estados Unidos la democracia funciona porque, una vez que un presidente es electo, todos lo apoyan. En México, todos se suman, de inmediato, para quitarlo”.