viernes, 30 octubre, 2020
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Moral y estancamiento económico

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POR CARLOS FLOTA

Una mayor informalidad económica, más desigualdad, pobreza, migración, desempleo y empleo mal remunerado, son algunos de los costos que derivan de más de tres décadas de crecimiento económico insuficiente. Pero quizás el costo más significativo del estancamiento o de nuestro crecimiento mediocre, no ha consistido sólo en el daño sobre nuestras habilidades para generar mayores estadios de bienestar social o de construir una sociedad más igualitaria, sino los efectos negativos que ha tenido sobre nuestra moral pública.

El profesor Benjamín Friedman, ya hace algún tiempo, en su libro Las Consecuencias Morales del Crecimiento Económico (The Moral Consequences of Economic Growth), nos hacía ver que el crecimiento económico no sólo es importante para mejorar nuestro nivel de vida, sino también porque afecta nuestro comportamiento como individuos, nuestras instituciones públicas y nuestras inclinaciones morales como sociedad. Friedman sostiene, que los beneficios del crecimiento económico sostenido y sus frutos sobre la mayoría de la población, cambia de manera generalizada y de forma positiva el carácter de los habitantes. Hace a los ciudadanos más creativos, más tolerantes, ampliamente más honestos, además de que permite un mejor funcionamiento del juego democrático. Por el contrario, sostiene, que el estancamiento económico, hace a las sociedades más permisivas, pesimistas, desconfiadas y temerosas. En una sociedad estancada, nos dice, los ingresos reales de los distintos agentes económicos caen, los costos de transacción producto de la desconfianza se incrementan significativamente, lo que, entre otros factores, nos impulsa hacia un círculo vicioso de bajo crecimiento que se potencializa así mismo.

Desde los primeros años de la década de los 90´s a la fecha, ya llevamos varias generaciones de las llamadas reformas estructurales, pero el tan prometido y anhelado crecimiento económico y sus frutos, salvo en pequeños períodos, no termina por arribar. Pero el daño moral que deriva de nuestra incapacidad para crecer ya es perceptible. Por ejemplo, ya evidencia de que algunas zonas del país el crimen organizado ha empezado a sustituir al Estado, proveyendo protección a cambio de una especie de impuesto llamado derecho de piso. Incluso, ofrecen protección en contra del Estado mismo.

En nuestra entidad, las consecuencias morales del estancamiento ya también empiezan a ser visibles, las tasas de secuestros, de lesiones dolosas y de robo a vivienda y negocios se han disparado por las nubes. Grandes núcleos de la población, principalmente ciudadanos que son dueños de negocios se están desplazando hacia la capital del Estado o hacia otras entidades federativas, por temor o porque ya fueron objeto de algún robo o extorción. No nos debe sorprender entonces el malhumor, el miedo, la irritabilidad, la baja autoestima y nuestra poca solidaridad social que hoy nos caracteriza.

El reto hacia adelante es ingente, pero no parece haber soluciones fáciles a nuestros problemas, más de tres décadas de intensas reformas son más que prueba suficiente, de otra forma, ya seríamos un país desarrollado. En lo que parece haber consenso, como una condición “sine qua non”, para empezar a resolver nuestras dificultades, es crecer a tasas mayores a las que venimos creciendo en los últimos años. Pero en lo que no hay acuerdo es en la receta para lograrlo. Para algunos el problema ha sido el modelo llamado neoliberal, que dejo todo al mercado y retiro al gobierno de su papel impulsor del desarrollo y crecimiento económicos. Para otros, es la gran corrupción que impera en nuestras instituciones políticas, a la falta de transparencia y rendición de cuentas y, para otros, a la ausencia de una verdadera competencia económica.

Ya no hay tiempo para excusas, el rechazo de la ciudadanía a las políticas emprendidas es evidente y las consecuencias morales son ya totalmente visibles. Quizás tengamos que empezar reconociendo que lo hecho hasta ahora no ha funcionado. Que el problema no son las reformas en sí mismas, sino que se implementaron mal. Que nuestra condición actual no se debe a un entorno internacional adverso sino a condiciones eminentemente domésticas. En lo personal, creo que si se actúa con pragmatismo, sin ataduras ideológicas y con líderes competentes y comprometidos, podremos alcanzar mejores niveles de bienestar social.