miércoles, 30 septiembre, 2020
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La Convención Internacional del Tatuaje, aunque con una organización pésima, sedujo a cientos de personas que acudieron ya sea por primera vez, para hacerse otro grabado o por curiosidad.

Tatuaje, un oficio y una pasión

 

POR MARIEL ARROYO

Entre Elsa y Jonás hay más de 30 años de diferencia de edad, pero les une una misma pasión: el tatuaje. A ella le encantan los que retratan la naturaleza, un pavorreal adorna su brazo derecha, tiene un quetzal en el cuello y una rosa en el dorso de la mano izquierda. A él le gustan más los tatuajes de tipo geométrico, piensa que reflejan parte de su personalidad de estudiante de ingeniería.

Se tutean apenas conocerse, a la espera de que haya acceso por fin en el hotel del evento. Tienen muchas expectativas sobre la Convención Internacional del Tatuaje, pero de entrada la organización es pésima.

Luego de la inauguración, con más de dos horas de retraso, en la que un representante de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (COFEPRIS) dio fe de que las instalaciones son seguras, los visitantes empezaron a dar vueltas en los pasillos. Máquinas de tatuar, agujas, tinta; expansiones y artes, dibujos y plantillas: todo dispuesto para seducir a los posibles clientes. O por lo menos, para despertar la curiosidad de los más tímidos.

-¿Me va a doler?

-Claro que te va a doler

-¿Me va a doler mucho?

-Menos de lo que piensas

En los pasillos, abundan las playeras negras y las gorras, así como los lentes oscuros. Algunos tatuadores llevaron a sus hijos en carriolas. Se observa a chicas sonrientes de labios negros, muchas cabelleras verdes y moradas, botas como para andar en los infiernos. Una pareja que pregunta por precios tiene el mismo diseño; ella en el brazo izquierdo, él en el derecho: manchas de jaguar con un corazón adentro. En medio de ellos cargan a su bebé.

Pasan las horas y algunos están recargados contra la pared, de brazos cruzados y gesto de tedio entre la música electrónica y las luces neón: los tatuadores que esperan no hay llegado y tampoco tienen dónde sentarse a esperarlos. En algunos stands los tatuadores se quejan de que no les dieron ni botes de basura. Se empieza a sentir la competencia. “Veo que hay mucha gente por allá, a lo mejor les cobran más barato”, le dice un tatuador a su compañero.

Luego de recorrer y preguntar, Elsa decidió hacerse una flor con Alejo Kalavera. Se sienta con el cuello hacia abajo por espacio de una hora. Está tan contenta que se toma una selfie con él. Jonás esperaba a Paola de León, pero como no llegaba mejor se fue con Sergio Charro a hacerse su diseño. “Me gustó porque me dio ideas para mejorarlo”, comentó Jonás. Casi acababa de apalabrar su tatuaje, cuando llegó la tatuadora que esperaba. “Lástima, pero ni modo, es un pretexto para que venga mañana a hacerme otro”, dijo para no desanimarse.

 

Tatuaje, un oficio del que se puede vivir

De entre los tatuadores, destacan Paola de León y Sandra L. Paulin porque su stand es el único presidido por mujeres. Sandra dijo que puede ser difícil para las mujeres que las tomen en serio para tatuar en un estudio profesional. “Que dibujen bien cabrón, que demuestren lo que son por los tatuajes y que busquen cómo colocarse. Que se apliquen y van a empezar a notarse por su trabajo y no por el nombre o por ser mujeres”, recomendó a las que están pensando que pueden dedicarse a tatuar.

José Eduardo Alonso explicó que fue su pasión por el dibujo lo que lo acercó al tatuaje, oficio al que se dedica de tiempo completo desde hace cinco años.

 

Diferentes motivos y precios

Cecilia se tatuó una letra en la espalda baja. Son las iniciales de su nombre que se puso “por puro placer al sentimiento”. Su tatuaje costó 700 pesos.

Manuel se hizo un balón de futbol con una corona en la pierna, representando el que para él es el rey del deporte. Le va al Cruz Azul. “Es por el amor que le tengo al futbol”. Su tatuaje costó mil 500 pesos.

Los precios de los tatuajes varían dependiendo el diseño, los detalles, el color y el tatuador. Los más pequeños, de cinco a diez centímetros, en una sola tinta cuestan mínimo 500 pesos con un tatuador reconocido. Los tatuajes más grandes y complejos se cobran por sesiones. Una sesión de tres horas puede costar más de tres mil pesos.