martes, 1 diciembre, 2020
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¿Tienen sentido las zonas económicas especiales?

Por Carlos Flota*

Recientemente se aprobó la iniciativa de Ley Federal de Zonas Económicas Especiales, que tiene como principal objetivo, a través incentivos fiscales, mejores condiciones de financiamiento y un régimen aduanero especial, atraer inversiones hacia los sectores productivos en las áreas que presentan una mayor incidencia de pobreza extrema.

Si preguntáramos a los especialistas dedicados al estudio de la economía, si tiene sentido la creación de zonas económicas con tratamientos especiales, probablemente la respuesta no sería en un solo sentido, ya que la posición respecto al tema dependería de la escuela o del pensamiento económico al que pertenezcan.

Así, desde el punto de vista del pensamiento clásico, los especialistas argumentarían que no sería necesaria la actuación de un gobierno en este sentido, pues la mano invisible del propio mercado, haría, que con el paso del tiempo, las zonas más rezagadas de un país, converjan hacia los niveles de desarrollo promedio.

La idea que subyace en este argumento, es que la existencia de rendimientos decrecientes en los factores productivos (capital y la mano de obra calificada), provocaría que éstos se reubiquen o se trasladen hacia lugares donde puedan obtener una mayor remuneración (que normalmente es en lugares donde son más escasos), provocando de esta manera, una mejora en las condiciones económicas de la población que vive en las zonas más atrasadas.

Alternativamente a este argumento, hay economistas que piensan que los procesos de desarrollo están sujetos a fuerzas centrípetas. Es decir, hay quienes sostienen que la concentración de factores productivos, lejos de presentar rendimientos decrecientes o tener efectos regresivos sobre la productividad, actúa de forma inversa creando un circulo virtuoso que se potencializa así mismo.
En otras palabras, las regiones más ricas son fuente de su propio proceso de desarrollo, lo que las hace cada vez más deseables como lugar de localización para nuevas actividades económicas. Por lo tanto, lejos de formarse una ruta de convergencia entre los distintos niveles de desarrollo, con el paso del tiempo, tendría lugar un proceso de profundización de las diferencias económicas, al generarse flujos de inversión y migración desde las regiones pobres hacia las más avanzadas.

Esto es debido a las llamadas “economías de aglomeración”, ya que las empresas encuentran ventajas sustanciales en sus costos por el mero hecho de localizar sus actividades productivas en lugares próximos a sus necesidades. Si hay muchas empresas localizadas en un mismo conglomerado, será mucho más fácil contar con una mayor oferta de proveedores, una mejor infraestructura y mejores servicios especializados.

A la hora de optar por alguna de estas dos interpretaciones, hay que tener en mente que ambas tesis se apoyan en argumentos sólidos. Tiene una gran racionalidad económica pensar que los factores de producción irían allí donde tienen una mayor rentabilidad y que probablemente eso sería en espacios en donde son más escasos.

Igualmente, tiene mucho sentido pensar que la producción de bienes y servicios es relativamente más fácil y menos costosa, si las empresas se localizan en grandes zonas industriales con fácil acceso a los suministros necesarios para la producción. De ahí, que si quisiéramos una respuesta adecuada, esta tendría que venir necesariamente del análisis empírico, con la salvedad de que no siempre se puede conocer hasta qué punto un proceso de convergencia económica, si es que existe, es producto de las fuerzas del mercado o de la intervención del sector público.

De acuerdo a datos recientes de la OCDE, el ingreso promedio del 10 por ciento de la población más rica, es 27 veces mayor que la del 10 por ciento más pobre. De igual forma, el 10 por ciento de los mexicanos con menores ingresos, acopia solamente el 1.2 por ciento del ingreso total del país, mientras que el 10 por ciento más rico, acumula el 36.7 por ciento. Es importante destacar como ejemplo de nuestras grandes desigualdades, que sólo 6 de nuestras 32 entidades federativas, concentra prácticamente la mitad de la producción total del país.

En realidad, no se necesitan demasiados indicadores estadísticos o mucha evidencia empírica, con un simple paseo a lo largo del país, sería más que suficiente para darse cuenta de la marcada desigualdad que existe entre nuestras distintas regiones. De hecho, estudios sobre desarrollo regional, muestran que a partir de los años 80, cuando se inició el cambio hacia un modelo neoliberal de desarrollo, las desigualdades regionales se han mantenido prácticamente inmóviles, por lo que cualquier intervención del sector público a través de políticas de desarrollo diferenciadas, como la creación de zonas con tratamientos especiales, no sólo son deseables, sino una condición necesaria pare el crecimiento económico sostenido. Incluso, me parece que las desigualdades en nuestro país se han mantenido o profundizado, precisamente por la falta de una estrategia integral de desarrollo regional.

 

*Maestro en Estadística Aplicada a las Ciencias Sociales. Consultor independiente