martes, 22 septiembre, 2020
Home / OPINION / Un nuevo paradigma mundial…

Un nuevo paradigma mundial…

Por Carlos Flota

Ya son varias las expresiones globalifóbicas. De aquel lado del atlántico, el BREXIT, el referéndum ciudadano que derivó en la salida de la Gran Bretaña de la Unión Europea y, de este lado, el arribo de Donald Trump a la presidencia de nuestro principal socio comercial, Estados Unidos.

Si bien es cierto que ninguno de los dos resultados ganadores fue aplastante, -pues en el caso británico casi la mitad (48.1%) de los ciudadanos votó por la permanencia en la Unión y, en el caso de las elecciones presidenciales de nuestro país vecino, Trump perdió el voto popular por casi 3 millones de sufragios-, no nos queda más que reconocer que existe un gran sentimiento antisistema, antiglobalización y un gran desencanto ciudadano, que nos invita y nos obliga a una gran reflexión sobre el modelo de integración mundial.

Los aparentes signos de agotamiento del modelo globalizador no son recientes. El llamado cinturón del óxido en Estados Unidos es un ejemplo de ello. Tampoco lo son, los debates de cómo mejorar los efectos perversos que este origina. La literatura sobre el tema es amplia, pero de los esfuerzos intelectuales más publicitados en este sentido, destacan la invitación que en 2008 hiciera el hoy ex­­­ presidente francés, Nicolás Sarkozy, a tres economistas de talla internacional, Joseph Stiglitz, Amartya Sen y Jean-Paul Fitoussi, para reflexionar a propósito de la gran crisis económica mundial originada en Estados Unidos ese mismo año[i], o el libro del economista francés, Thomas Piketty, “El Capital en el Siglo XXI”.

Las cavilaciones y conclusiones de estos dos esfuerzos son extensas, pero se puede subrayar, por un lado, la incapacidad que tienen las fuerzas globalizadoras para distribuir mejor la riqueza y el ingreso. Es decir, es el capital y no el trabajo, el que ha resultado ganador de la integración comercial. Y, por otro, la incapacidad de nuestros tradicionales indicadores económicos, para anticipar crisis económicas, medir de manera eficiente el desempeño de una economía y las condiciones de vida de los ciudadanos.

Las fuerzas integradoras no son nuevas. De hecho, salvo las dos conflagraciones mundiales, las estadísticas muestran que los países siempre han buscado comerciar entre ellos, tratando de beneficiarse de sus ventajas absolutas y comparativas. En la realidad, la globalización, como hoy la conocemos, no es más que el producto de un gran avance tecnológico en las comunicaciones y el transporte, que tiene como fecha de inicio, el siglo XIX. Además, la teoría económica estándar sobre el tema, predice grandes ventajas del comercio entre las naciones. Entonces, si todo esto es cierto, la pregunta es: por qué existen fuerzas centrifugas, resistencias o grandes enclaves de ciudadanos al interior de los países, que sienten un gran malestar o se consideran perdedores en algún sentido, por el hecho de que sus países comercien con el mundo.

El problema no está la globalización per se, ni en el mercado como institución que asigna eficientemente recursos económicos, nos dicen los autores arriba mencionados, sino en la gran desigualdad existente en las reglas de las instituciones globales, lo cual, a su vez, se traduce en una mala distribución de las utilidades generadas por el comercio internacional. La pregunta, por tanto, no es si las zonas más rezagadas del mundo pueden o no conseguir algo del proceso de integración mundial, sino bajo qué condiciones pueden acceder, de manera equitativa, a las ganancias derivadas de dicha integración. Lo que hay que hacer entonces, es revisar y, en su caso, reformar los acuerdos globales, sin pasar por alto los nacionales, para eliminar todos los incentivos negativos que tienden a reducir sensiblemente las oportunidades de los que hoy se sienten perdedores. Como dice Amartya Sen, la globalización merece una defensa razonada, pero también requiere una reforma razonable.

No sabemos hasta dónde pueden llegar los ánimos antiglobalizadores o hasta dónde puede llegar Trump, en su delirio por replantear las relaciones comerciales de Estados Unidos respecto al resto del mundo. Pero es en este frenesí de revisión de acuerdos, donde se abre una gran oportunidad, en caso de que se tenga que renegociar el TLCAN, de mejorar la posición de ciertos sectores de nuestra economía mal expuestos a la competencia internacional, como es el campo, para mejorar sus posiciones, ya que hoy no compiten en igualdad de circunstancias.

Fin de la historia, no sentenció Francis Fukuyama después de la caída del muro del Berlín. Nada más falso que eso. Es probable que en los próximos años asistamos a una gran discusión sobre un nuevo paradigma mundial. Espero que seamos actores relevantes en ese nuevo rediseño.

*Maestro en Estadística Aplicada a las Ciencias Sociales. Consultor Independiente.


* Las conclusiones de la comisión liderada por estos tres economistas, se encuentran publicadas en “Mis-measuring our Lives: Why GDP Doesn´t Add Up”.